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martes, 10 de enero de 2017


Ana María Shua (1951).
Escritora argentina.

Si nunca me extravié en el jardín de los senderos que se bifurcan es porque fui fiel al antiguo proverbio que exige: en la encrucijada, divídete. Sin embargo, a veces me pregunto, la felicidad, ¿no es elegir y perderse?

domingo, 8 de enero de 2017

Ricardo Piglia (1941-2017). Escritor argentino.
Por Addy Góngora Basterra.
Aunque no tengo nada que lo conste, sé que el 17 de octubre de 2005 terminé de leer “Respiración artificial” de Ricardo Piglia. Debía leerlo como parte de una asignatura de la maestría en literatura. En ese libro conocí a Emilio Renzi y me adentré a la narrativa de uno de los autores argentinos contemporáneos que mucho escucharía a lo largo de los cuatro años que estuve en Buenos Aires. Una de las profesoras nos hablaba de él con tal pasión que a varios nos hizo pensar que era su amante o que algo le debía. Después entendimos que tarde o temprano así nos pasa a todos cuando nos apasionamos por un autor, porque hablamos de él como si nos perteneciera cuando cierta intimidad se entrelaza a nuestra vida.
Los autores, con lo que escriben, se meten a nuestra casa, van con nosotros de viaje, están a nuestro lado mientras la pareja duerme, ocupan un lugar en el bolso, escuchan nuestras conversaciones, atestiguan nuestros domingos y el tiempo libre.
Leer es compañía para la memoria: aunque no sea textualmente, hay párrafos que siguen resonando en nuestra mente con el paso del tiempo.
Leer se trata de hacer nuestras las palabras de otros, palabras que enriquecen nuestras vidas al saber decir lo que pensamos o sentimos, aquello que no habíamos sabido nombrar.
Eso es lo que muchos de nosotros hicimos con Ricardo Piglia.
Han transcurrido casi doce años desde que leí “Respiración artificial” y conservo algunos párrafos que transcribí y que aquí comparto.


  Piglia, Ricardo. Respiración artificial. Seix Barral: 1980. España.


  •   … te escribo porque los años me han fijado los recuerdos como un sarro… (p. 20)
  • ¿Qué es el exilio sino una forma de la utopía? El desterrado es el hombre utópico por excelencia, vive en la constante nostalgia del futuro (p. 26)
  • El exilio es como un largo insomnio (p. 27)
  • La correspondencia es un género perverso: necesita de la distancia y de la ausencia para prosperar (p. 29)
  • ¿Qué mejor modelo de autobiografía se puede concebir que el conjunto de cartas que uno ha escrito y enviado a destinatarios diversos, mujeres, parientes, viejos amigos, en situaciones y estados de ánimo distintos? (p. 30)
  • Ya no hay experiencia, sólo hay ilusiones. Todos nos inventamos historias diversas para imaginar que nos ha pasado algo en la vida. Una historia o una serie de historias inventadas que al final son lo único que realmente hemos vivido. Historias que uno mismo se cuenta para imaginarse que tiene experiencias o que en la vida nos ha sucedido algo que tiene sentido (p. 30-31)
  • Y entonces ahora tendría que seguir escribiéndote hasta la madrugada, una carta que durara toda la noche para estar acompañado (p. 35)
  • Para mí el sueño ha venido a ocupar el lugar de los recuerdos (p. 42)
  • Para encontrarse con la gente que uno quiere hay que dormir (p. 68)
  • Tenemos los recuerdos que nos han quedado del país y después imaginamos cómo será (cómo va a ser) el país cuando volvamos a él. (p. 69)
  • La correspondencia en sí misma ya es una forma de la utopía. Escribir una carta es enviar un mensaje al futuro; hablar desde el presente con un destinatario que no está ahí, del que no se sabe cómo ha de estar (en qué ánimo, con quién) mientras le escribimos y, sobre todo, después: al leernos. La correspondencia es la forma utópica de la conversación porque anula el presente y hace del futuro el único lugar posible del diálogo. (p. 76)
  • La única tierra que puede tener un hombre es la que recibe cuando lo entierran (p. 78)
  • La literatura no puede tener otra materia que la propia experiencia vivida. (p. 150)
  • Pocos hombres pueden decir lo mismo de sí mismo: que han sido fieles a las ilusiones de su juventud. (p. 155)
Aunque a saltos y por pedacitos, esta es una manera de empezar el 2017 leyendo o, por lo menos, de sembrar antojo por hacerlo.
Publicado en el Diario de Yucatán.


Ricardo Emilio Piglia Renzi nació en Adrogué, provincia de Buenos Aires, el 24 de noviembre de 1942. “Respiración artificial” fue su primera obra maestra. Murió el viernes 6 de enero de 2017 a los 75 años a causa de las complicaciones generadas por la esclerosis lateral amiotrófica, enfermedad degenerativa que padecí­a hace años.

sábado, 7 de enero de 2017


Ricardo Piglia (1941-2017). Escritor argentino.
Fragmento del libro "Respiración artificial".

"La correspondencia en sí misma ya es una forma de la utopía. Escribir una carta es enviar un mensaje al futuro; hablar desde el presente con un destinatario que no está ahí, del que no se sabe cómo ha de estar (en qué ánimo, con quién) mientras le escribimos y, sobre todo, después: al leernos. La correspondencia es la forma utópica de la conversación porque anula el presente y hace del futuro el único lugar posible del diálogo.

(...)

¿Qué es el exilio sino una situación que nos obliga a sustituir con palabras escritas la relación entre los amigos más queridos, que están lejos, ausentes, diseminados cada uno en lugares y ciudades distintas? Y además ¿qué relación podemos mantener con el país que hemos perdido, el país que nos han obligado a abandonar, qué otra presencia de ese lugar ausente, sino el testimonio de su existencia que nos traen las cartas (esporádicas, elusivas, triviales) que nos llegan con noticias familiares?"

Piglia, Ricardo. Respiración artificial. Seix Barral: 1980. España. Pág. 76.

lunes, 2 de enero de 2017

Qué mejor manera que inaugurar el año compartiendo este magnífico relato de Isaac Asimov, escritor ruso nacionalizado estadounidense que hizo de la Ciencia Ficción la pasión de muchos. "Cuánto se divertían" (The fun they had) es una joya literaria que todos debemos leer, más aún en estos tiempos en los que la revolución digital acompaña nuestros días. Asimov nació el 2 de enero de 1920 y murió el 6 de abril de 1992.

Si en tus propósitos de Año Nuevo está leer un poco más, entonces la historia que compartimos es un excelente comienzo 😉

¡Feliz 2017 a todos los seguidores de Letranías!

Addy Góngora Basterra
@AddyGBasterra

Isaac Asimov (1920-1992)

Margie lo anotó esa noche en el diario. En la página del 17 de mayo de 2157 escribió: “¡Hoy Tommy ha encontrado un libro de verdad!”.
Era un libro muy viejo. El abuelo de Margie contó una vez que, cuando él era pequeño, su abuelo le había contado que hubo una época en que los cuentos siempre estaban impresos en papel.
Uno pasaba las páginas, que eran amarillas y se arrugaban, y era divertidísimo ver que las palabras se quedaban quietas en vez de desplazarse por la pantalla. Y, cuando volvías a la página anterior, contenía las mismas palabras que cuando la leías por primera vez.
—Caray —dijo Tommy—, qué desperdicio. Supongo que cuando terminas el libro lo tiras. Nuestra pantalla de televisión habrá mostrado un millón de libros y sirve para muchos más. Yo nunca la tiraría.
—Lo mismo digo —contestó Margie. Tenía once años y no había visto tantos telelibros como Tommy. Él tenía trece—. ¿En dónde lo encontraste?
—En mi casa —Tommy señaló sin mirar, porque estaba ocupado leyendo en el ático.
—¿De qué trata?
—De la escuela.
—¿De la escuela? ¿Qué se puede escribir sobre la escuela? Odio la escuela.
Margie siempre había odiado la escuela, pero ahora más que nunca. El maestro automático le había hecho un examen de geografía tras otro y los resultados eran cada vez peores. La madre de Margie había sacudido tristemente la cabeza y había llamado al inspector del condado.
Era un hombrecillo regordete y de rostro rubicundo, que llevaba una caja de herramientas con perillas y cables. Le sonrió a Margie y le dio una manzana; luego, desmanteló al maestro. Margie esperaba que no supiera ensamblarlo de nuevo, pero sí sabía y, al cabo de una hora, allí estaba de nuevo, grande, negro y feo, con una enorme pantalla en donde se mostraban las lecciones y aparecían las preguntas. Eso no era tan malo. Lo que más odiaba Margie era la ranura por donde debía insertar las tareas y las pruebas. Siempre tenía que redactarlas en un código que le hicieron aprender a los seis años, y el maestro automático calculaba la calificación en un santiamén.
El inspector sonrió al terminar y acarició la cabeza de Margie.
—No es culpa de la niña, señora Jones —le dijo a la madre—. Creo que el sector de geografía estaba demasiado acelerado. A veces ocurre. Lo he sintonizado en un nivel adecuado para los diez años de edad. Pero el patrón general de progresos es muy satisfactorio. —Y acarició de nuevo la cabeza de Margie.
Margie estaba desilusionada. Había abrigado la esperanza de que se llevaran al maestro. Una vez, se llevaron el maestro de Tommy durante todo un mes porque el sector de historia se había borrado por completo.
Así que le dijo a Tommy:
—¿Quién querría escribir sobre la escuela?
Tommy la miró con aire de superioridad.
—Porque no es una escuela como la nuestra, tontuela. Es una escuela como la de hace cientos de años —y añadió altivo, pronunciando la palabra muy lentamente—: siglos.
Margie se sintió dolida.
—Bueno, yo no sé qué escuela tenían hace tanto tiempo. —Leyó el libro por encima del hombro de Tommy y añadió—: De cualquier modo, tenían maestro.
—Claro que tenían maestro, pero no era un maestro normal. Era un hombre.
—¿Un hombre? ¿Cómo puede un hombre ser maestro?
—Él les explicaba las cosas a los chicos, les daba tareas y les hacía preguntas.
—Un hombre no es lo bastante listo.
—Claro que sí. Mi padre sabe tanto como mi maestro.
—No es posible. Un hombre no puede saber tanto como un maestro.
—Te apuesto a que sabe casi lo mismo.
Margie no estaba dispuesta a discutir sobre eso.
—Yo no querría que un hombre extraño viniera a casa a enseñarme.
Tommy soltó una carcajada.
—Qué ignorante eres, Margie. Los maestros no vivían en la casa. Tenían un edificio especial y todos los chicos iban allí.
—¿Y todos aprendían lo mismo?
—Claro, siempre que tuvieran la misma edad.
—Pero mi madre dice que a un maestro hay que sintonizarlo para adaptarlo a la edad de cada niño al que enseña y que cada chico debe recibir una enseñanza distinta.
—Pues antes no era así. Si no te gusta, no tienes por qué leer el libro.
—No he dicho que no me gustara —se apresuró a decir Margie.
Quería leer todo eso de las extrañas escuelas. Aún no habían terminado cuando la madre de Margie llamó:
—¡Margie! ¡Escuela!
Margie alzó la vista.
—Todavía no, mamá.
—iAhora! —chilló la señora Jones—. Y también debe de ser la hora de Tommy.
—¿Puedo seguir leyendo el libro contigo después de la escuela? —le preguntó Margie a Tommy.
—Tal vez -dijo él con petulancia, y se alejó silbando, con el libro viejo y polvoriento debajo del brazo.
Margie entró en el aula. Estaba al lado del dormitorio, y el maestro automático se hallaba encendido ya y esperando. Siempre se encendía a la misma hora todos los días, excepto sábados y domingos, porque su madre decía que las niñas aprendían mejor si estudiaban con un horario regular.
La pantalla estaba iluminada.
—La lección de aritmética de hoy —habló el maestro— se refiere a la suma de quebrados propios. Por favor, inserta la tarea de ayer en la ranura adecuada.
Margie obedeció, con un suspiro. Estaba pensando en las viejas escuelas que había cuando el abuelo del abuelo era un chiquillo. Asistían todos los chicos del vecindario, se reían y gritaban en el patio, se sentaban juntos en el aula, regresaban a casa juntos al final del día. Aprendían las mismas cosas, así que podían ayudarse a hacer los deberes y hablar de ellos. Y los maestros eran personas…
La pantalla del maestro automático centelleó.
—Cuando sumamos las fracciones ½ y ¼…
Margie pensaba que los niños debían de adorar la escuela en los viejos tiempos. Pensaba en cuánto se divertían.

Tomado del libro:
Cuentos completos I, trad. Carlos Gardini,
Barcelona, Ediciones B, 2005, págs. 163-166.

domingo, 1 de enero de 2017



Joël Dicker (1985). Escritor suizo.

        Me gustaría enseñarle a escribir, Marcus, no para que sepa escribir, sino para convertirle en escritor. Porque escribir libros no es nada: todo el mundo sabe escribir, pero no todo el mundo es escritor.
        –¿Y cómo sabe uno que es escritor, Harry?
        –Nadie sabe que es escritor. Son los demás los que se lo dicen. 

Fragmento del libro "La verdad sobre el caso Harry Quebert".

viernes, 30 de diciembre de 2016

Ilustración de Emilio Amade.

Leonardo Padura. Escritor cubano. 
Publicado en elmundo.es

Nunca he disfrutado, como parece que disfruta la mayoría de las personas, de los días de Navidad y mucho menos, de la jornada de la Nochevieja y la espera del Año Nuevo. En realidad esa incapacidad mía no resulta demasiado rara si tenemos en cuenta que tampoco me interesa de un modo especial celebrar mi cumpleaños, que olvido los aniversarios de bodas (tengo dos, ambos con la misma mujer, mi mujer, pero esa es una larga historia que puedo contarles otro día), que detesto fechas como el Día de las Madres o el de los Padres pues me parecen una falacia comercial de las más hipócritas que puedan existir y porque suele ser la jornada en que los hijos... de su madre se hacen los que las quieren, a ellas y a todas las madres.

Por eso, cuando se acerca la Navidad trato de encerrarme lo más posible en mi caparazón: me concentro en mi trabajo y evito, en todas las medidas de lo posible, aceptar invitaciones de amigos. Y ni se me ocurre hacer invitaciones a mi casa.

Hubo una época en la que estas fechas festivas de fin de año me envolvían en sus alharacas con la fuerza de la tradición y la costumbre, y hasta llegué a participar alegremente de ellas. Creo que entonces todo tenía que ver con una tradición maltratada, pero preservada con encono por algunos y con la compulsión social por la que con facilidad uno se deja arrastrar en la adolescencia y la juventud.

Ahora habría que recordar que a finales de la década de 1960 la celebración de las Navidades fue postergada o eliminada en Cuba, no solo por ateísmo científico militante sino además porque en lugar de empeñarse en celebraciones y libaciones, se decidió que la gente debía dedicarse durante aquellas jornadas a los cortes de caña en los días en que más altos rendimientos de azúcar podían conseguirse. Por si fuera poco, junto a los símbolos navideños por esos tiempos también habían desaparecido los turrones y la cidra española que, unidos al cerdo asado, los frijoles negros y la yuca con mojo de naranjas agrias (no totalmente desaparecidos pero también esquivos) conformaban los elementos más característicos para alimentar la celebración. En mi casa, sin embargo, mis padres insistieron en festejar la Navidad y, por años, prepararon una cena de Nochebuena con lo que apareciera, montaron un nacimiento que se iba despoblando por falta de repuestos y adornaban un arbolito sintético que terminó sus largos días hecho polvo, y no precisamente enamorado.

Hubo al menos dos de aquellas navidades de mi adolescencia que las pasé lejos de la casa, en campamentos ubicados fuera de las ciudades a los que los estudiantes debíamos ir a realizar trabajos agrícolas con los que contribuir al desarrollo del país y a nuestra propia educación aprendiendo los rigores del trabajo manual, del esfuerzo proletario.

El hecho de que la Revolución cubana de 1959 hubiera triunfado justo el 1 de enero, de algún modo salvó la celebración nacional por la llegada del nuevo año, que se identificó con el júbilo por la fecha histórica. Aunque la gente no se deseaba ya «Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo», sino que la televisión y las vallas publicitarias solo daban vivas a la efeméride patriótica, con mis amigos de estudios pre y universitarios, durante aquella estricta década de 1970 participé en fiestas de despedida del año en las que bebíamos de todo lo que encontráramos, comíamos todo lo que podíamos y hacíamos (o al menos hacía yo) como que nos divertíamos mucho por el solo hecho de despedir un año y recibir otro: un cambio de fechas que casi siempre lo único que cambiaba era que nos aumentaba la cifra de años vividos y nos empujaba hacia una adultez, una madurez y un envejecimiento que entonces nos parecían remotos, casi ajenos. Y por eso celebrábamos.

Con el paso del tiempo varias cosas se modificaron en mi carácter y algunas en Cuba. A fines de los años 90, por ejemplo, cuando todavía vivíamos bajo los rigores de años de escaseces profundas, el Papa Juan Pablo II visitó la isla y, como señal de buena voluntad, el gobierno restituyó oficialmente el feriado de Navidad. Mientras, muchas de las gentes que habían cedido a la compulsión social de ignorar la festividad de origen religioso, habían comenzado a recuperarla en un tiempo en que un número notable de cubanos también había recuperado sus creencias místicas o se habían iniciado en ellas, como reacción ante la falta de otras expectativas. Así, regresaron las fiestas de Navidad y Año Nuevo, reaparecieron en las tiendas de venta en divisa los arbolitos con luces y bolas, que volvieron a engalanar las casas y aparecieron incluso en algunos lugares públicos. Mientras, los más viejos volvían a desearle a sus conocidos, amigos, familiares una «Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo», la frase típica de esas jornadas que, por años, había estado sumergida en las memorias.

Ese regreso de la celebración llegó en una época en la que ya a mí no me interesaba festejarla y durante la cual, por coincidencia histórica, inauguraba la posibilidad de comunicarme por correo electrónico y... se me llenó el buzón de entrada de felicitaciones que me veía obligado a responder. Cada uno de los mensajes navideños y de fin de año que recibo siempre me hace pensar cuánto de costumbre, compromiso, compulsión hay detrás de ellos y cuánto de verdadero júbilo festivo, fervor religioso, expectativas de futuro pueden encerrar. Y cuando los respondo lo hago como si bebiera una medicina de mal gusto: debo tomarla aunque no me agrade su sabor...

Quizás la conciencia de lo que significa el paso del tiempo que de modo sibilino me está empujando hacia la vejez, la aceleración con que vivo ahora el transcurso de los meses que me crea la impresión de que hace muy poco comencé el año que ya voy a despedir, y mi decisión de elegir divertirme solo con lo que en realidad me divierte, me provocan una reacción que se mueve entre el rechazo y la indiferencia por tales festividades. O tal vez todo se deba a que en Cuba nunca ha vuelto a recuperarse un verdadero espíritu navideño, pues ya se sabe que las tradiciones son muy delicadas y, como ciertos vinos, resisten mal los traslados, enclaustramientos y batuqueos.

Pero, curiosamente, de lo que no he logrado sustraerme es de la tonta costumbre de hacer planes y albergar deseos para el año siguiente. Suelo caer en la trampa de lo representativo (un cambio de calendarios) como si tuviera un valor real, un posible efecto concreto sobre la realidad y sobre mi voluntad. Por eso he pensado muchas veces, a lo largo de muchos fines de año, que al año siguiente, por ejemplo, dejaré de fumar, o que seré mejor esposo o amigo, o que no perderé mi tiempo viendo partidos de beisbol o fútbol. Cosas así. Porque, por supuesto, no tendría sentido que pensara en la posibilidad de cambiar mi auto que ya cumple veinte años pues es tan imposible como que desee ser hábil en los procedimientos digitales e informáticos: uno debe ser sincero consigo mismo, realista con sus posibilidades y capacidades. Sobre todo cuando un auto le podría costar 5, 7, 8 veces más que a otro habitante del planeta y cuando el cerebro en proceso de endurecimiento nunca será capaz de aprender si quiera a compactar un archivo.

Puesto a desear, sin embargo, y ya que andamos en fechas y ni yo mismo escapo de ciertas compulsiones por mucho que me proteja, creo que lo que más me gustaría, para el año próximo, es que el hecho de encontrar el yogurt que tomo en el desayuno deje de ser un desafío cotidiano. ¿Les parece poco? ¿Insignificante?... Pues vengan a recorrer La Habana en busca de yogures que, cuando aparecen, suelen ser caros, malos, con sabores como el de la medicina que antes citaba y, si de veras necesita del yogurt para desayunar, entonces sabrá de qué estoy hablando. Ahora mismo, si consiguiera un buen yogurt, aquí, en la esquina de mi casa, tendría un fin de año muy feliz y pensaría que me espera un próspero año nuevo.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Izamal, Yucatán.
 Foto de Alfredo Martínez

Ricardo López Méndez (1903-1989).
Poeta mexicano.

México, creo en ti,
como en el vértice de un juramento.
Tú hueles a tragedia, tierra mía,
y sin embargo, ríes demasiado,
acaso porque sabes que la risa
es la envoltura de un dolor callado.

México, creo en ti,
sin que te represente en una forma
porque te llevo dentro, sin que sepa
lo que tú eres en mí; pero presiento
que mucho te pareces a mi alma
que sé que existe pero no la veo.

México, creo en ti,
en el vuelo sutil de tus canciones
que nacen porque sí, en la plegaria
que yo aprendí para llamarte Patria,
algo que es mío en mí como tu sombra
que se tiende con vida sobre el mapa.

México, creo en ti,
en forma tal, que tienes de mi amada
la promesa y el beso que son míos.
Sin que sepa por qué se me entregaron;
no sé si por ser bueno o por ser malo,
o porque del perdón nazca el milagro.

México, creo en ti,
sin preocuparme el oro de tu entraña;
es bastante la vida de tu barro
que refresca lo claro de las aguas,
en el jarro que llora por los poros,
la opresión de la carne de tu raza.

México, creo en ti,
porque creyendo te me vuelves ansia
y castidad y celo y esperanza.
Si yo conozco el cielo es por tu cielo,
si conozco el dolor es por tus lágrimas
que están en mí aprendiendo a ser lloradas.

México, creo en ti,
en tus cosechas de milagrería
que sólo son deseo en las palabras.
Te contagias de auroras que te cantan.
¡Y todo el bosque se te vuelve carne!
¡Y todo el hombre se te vuelve selva!

México, creo en ti,
porque escribes tu nombre con la X
que algo tiene de cruz y de calvario:
porque el águila brava de tu escudo
se divierte jugando a los “volados:
con la vida y, a veces, con la muerte.

México, creo en ti,
como creo en los clavos que te sangran:
en las espinas que hay en tu corona,
y en el mar que te aprieta la cintura
para que tomes en la forma humana
hechura de sirena en las espumas.

México, creo en ti,
porque si no creyera que eres mío
el propio corazón me lo gritara,
y te arrebataría con mis brazos
a todo intento de volverte ajeno,
¡sintiendo que a mí mismo me salvaba!

México, creo en ti,
porque eres el alto de mi marcha
y el punto de partida de mi impulso
¡mi credo, Patria, tiene que ser tuyo,
como la voz que salva
y como el ancla!

Ricardo López Méndez, nació un 7 de febrero en la ciudad de Izamal, Yucatán. 
Los músicos Ricardo Palmerín y Guty Cárdenas musicalizaron sus versos, entre ellos "Nunca". Como escritor, fue articulista de importantes periódicos mexicanos. El poema que compartimos es conocido como "Credo", sin duda el que más fama le ha dado. "El Vate", como lo llamó Antonio Mediz Bolio, murió en Morelos el 28 de diciembre de 1989.

martes, 20 de diciembre de 2016

Carl Sandburg (1878 - 1967).
Poeta Estadounidense.

Pedí a los profesores que enseñan el sentido de la vida
que me dijeran qué es la felicidad.
Fui a ver a los afamados ejecutivos que comandan el
trabajo de miles de hombres.
Todos menearon la cabeza y me sonrieron como si yo
tratase de engatusarlos.
Y un domingo por la tarde fui a pasear por la orilla del
río Des Plaines.
Y vi a un grupo de húngaros bajo los árboles, con sus
mujeres y sus hijos, un barril de cerveza y un
acordeón.

miércoles, 14 de diciembre de 2016


Marianne Kehoe.
Poeta estadounidense.


El azul eléctrico del cielo me acaricia mientras me recuesto
en mi estera para una sesión matutina de yoga en medio
        del jardín amurallado.
Las naranjas de piel verde se esconden en la densidad de las
hojas del árbol y sus sombras se acercan con cada cambio
        de postura.


Tres cotorros estridentes responden a mi saludo al sol
con verdes flashazos que tocan y caen como dardos
        sobre el muro.
Los insectos marchan hacia adelante para inspeccionar el
hule rosa de mi estera que interrumpe su travesía diaria
        desde el cactus hasta el estanque.


Como un cisne, me sumerjo y me balanceo, elevo mis ojos
hacia un punto en la pared que me llena de optimismo:
dos mechones de pasto han encontrado un sitio para crecer
en medio de una seca grieta en lo alto del muro anaranjado
        de cemento.


Tomado del libro "Sinfonía de la escarpa".
Publicado por SEDECULTA en el 2013.

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